Las manchas de humedad cubrían las paredes y el techo de tu habitación. Tú preparabas café, porque sólo eso desayunabas mientras recorrías la casa completamente desnuda, a pesar del invierno. Las cartas, escritas en el exilio, dejarían de llegar a su destinatario. Las decisiones estaban tomadas y eran irrevocables. Me mostraste la libreta donde practicas tu caligrafía: en las últimas páginas, el trazo de cada ideograma había sido dado de manera impecable, precisa —pero mi vida se derrumba y no tengo salidas, confesaste—. Cartas de soledad y amor. La cafeína te mantendría en vilo durante horas, a pesar del punto desabrido que le habías dado. Una de esas manchas, que parecía a punto de reventar la pintura, formaba la silueta de una mano enorme —Jean, Marguerite, las fotografías—, que también se cierra, lentamente, sobre nosotros.

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Exilio (1)

 

El aire se ha vuelto turbio. Escucho de fondo un film de Aki KaurismakiLeningrad Cowboys go America. Preparé arroz al estilo portugués, si es que eso existe. Llueve. Leo las cartas de Marguerite Duras a Jean. Cartas escritas desde la literatura y la soledad; cartas que alguna vez te escribí y que no me atrevo volver a leer. Busco la fotografía de la Duras sentada en su escritorio mientras el arroz se enfría. La habitación parece cada vez más pequeña y me cuesta respirar. ¿Sólo esto nos queda, lejos de casa? Las palabras: el trayecto de mi cuerpo a Leningrado. El acto de escribir. El deseo y la asfixia que provoca. El exilio.