Las manchas de humedad cubrían las paredes y el techo de tu habitación. Tú preparabas café, porque sólo eso desayunabas mientras recorrías la casa completamente desnuda, a pesar del invierno. Las cartas, escritas en el exilio, dejarían de llegar a su destinatario. Las decisiones estaban tomadas y eran irrevocables. Me mostraste la libreta donde practicas tu caligrafía: en las últimas páginas, el trazo de cada ideograma había sido dado de manera impecable, precisa —pero mi vida se derrumba y no tengo salidas, confesaste—. Cartas de soledad y amor. La cafeína te mantendría en vilo durante horas, a pesar del punto desabrido que le habías dado. Una de esas manchas, que parecía a punto de reventar la pintura, formaba la silueta de una mano enorme —Jean, Marguerite, las fotografías—, que también se cierra, lentamente, sobre nosotros.

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