En passion (1969)

Liv Ullmann, Senderos (Pomaire: 1978)968full-the-passion-of-anna-screenshot

1. He visto En passion (Bergman: 1969). El rostro de Liv Ullmann me provoca malestar. Sus inmensos ojos azules se apoderan de la pantalla en cada close up. Me atrapan. Hay en ella una malformación ostentosa: tiene las facciones enormes de una vaca bobalicona.

2. Vi por primera vez una película suya hace doce años, en un ciclo de cine dedicado a ella. Su nombre y el de Bergman no me decía nada. A los pocos días, en un mercado de puestos extendidos sobre el piso de tierra, encontré su libro: Senderos, editado por Pomaire. En la portada estaba la misma fotografía usada para los carteles y los programas de mano. El libro era un objeto que no tenía que estar ahí —pero que me fue impuesto como un fetiche—. Era un diario del que no recuerdo nada, y que perdí después de unos años.

3. La portada: su rostro enorme, labrado con la dedicación que requieren las prótesis, está sostenido por los rasgos adquiridos tras el registro fílmico y el efecto de la cámara sobre su carne porque el lente y el paso de la luz también produce cuerpos, incisiones dobles, reflejos, pasiones que parecen vivas—. Liv Ullmann es un objeto que no tiene que estar aquí.

4. En una de las escenas, Max von Sydow golpea a Liv Ullman. Ella se queda quieta. Sus labios tienen el rojo de la carne cruda, pero bastaría sostenerlos entre los dedos para que se desmoronaran como las alas de un insecto ya muerto, seco y reluciente como la quemadura, vacío por dentro.

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La noche

Soy un cuerpo que escribe —inerte en todas sus partes menos en esa que lo vuelve presente, la que lo describe inerte—, sumido en el sopor que la oscuridad y el sentimiento de la nada oponen al deseo siempre insatisfecho de un espectáculo puro: la representación de algo dentro del escenario de la nada que es la noche íntima; la noche del cuerpo que se describe sigilosamente en términos de una mecánica clínica.

Soy un cuerpo que escribe —inerte en todas sus partes menos en esa que lo vuelve presente, la que lo describe inerte—, sumido en el sopor que la oscuridad y el sentimiento de la nada oponen al deseo siempre insatisfecho de un espectáculo puro: la representación de algo dentro del escenario de la nada que es la noche íntima; la noche del cuerpo que se describe sigilosamente en términos de una mecánica clínica.