Dear Tony

Hace unos días estuve hablando con un amigo del final de The Sopranos. Desde entonces no he podido dejar de pensar en la secuencia final. Tampoco puedo dejar de escuchar en mi cabeza el estribillo de Journey. Recuerdo la mirada de Tony Soprano buscando con insistencia a su hija en cada persona que entra por la puerta de la cafetería.

 

La premura de Tony buscando a su hija corre a la par de la del espectador que espera un desenlace brutal, liberador, que termine lo que uno o dos capítulos anteriores se esbozó en esa conversación íntima en la que Tony habló de la muerte (y en la que se pusieron las bases de una premisa: Tony va a ser asesinado).

 

En esa conversación (que no tengo a la mano y recreo en la memoria), se planteaba una visión epicureísta de la muerte. Algo que puede parafrasearse de la siguiente manera: cuando estoy muerto no estoy ahí para saber que lo estoy; ergo, la muerte no existe (o por lo menos no debería preocuparnos). La muerte es un corte a negro. Nada más.

 

La serie termina así: un corte: silencio: créditos finales.

 

Siempre me ha dado la impresión de que cuando una película (o el capítulo de una serie) termina con una canción, y esa canción se extiende en los créditos finales, representa una suerte de concesión con el espectador y el reconocimiento pleno de que dos espacios pueden convivir y coexisten: el tiempo de la narración continua más allá de ésta y entra en el mundo del espectador.

 

En The Sopranos no ocurre eso. El final separa el tiempo de la narración del tiempo del espectador. Escinde la realidad de algún modo. No hay concesión. La muerte es la muerte y no podemos vivirla. Tony Soprano levantó la mirada justo en el momento en que su hija entra al establecimiento. Corte a negro. Tony no sabe que está muerto. La conjetura más probable es que ha recibido una bala en la cabeza, por la espalda. Tampoco el espectador sabe qué ha ocurrido. La serie termina con Tony. Corte a negro: no estamos ahí para saber nada más. La narración termina de manera violenta.

 

Si Tony no sabe que ha muerto, Tony es eterno. La muerte no puede tocarlo. El énfasis de la secuencia se centra en el arribo de la hija de Tony (dilatado por esa escena en que nos muestran las complicaciones que tiene para estacionarse a unos cuantos metros de la cafetería, cruzando la acera). En su hija, Tony ha encontrado una victoria mayor que la muerte de sus enemigos. La hija de los Soprano, universitaria, alejada del mundo de la mafia, representa todo lo bueno que Tony siempre quiso para sus hijos. Y es la llegada de ella lo único que falta para completar esa escena aparentemente cotidiana, feliz y familiar.

 

Tony escucha que la puerta se abre, levanta la mirada. Todo se ha dicho.

 

 

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